El Punto de Roce.

A veces el fuego está apagado y llueve tan fuerte.

La atmósfera está diseñada para matar o morir. La fauna engendra y se multiplica, negándose cada día a desaparecer sin ruido bajo las aguas. La humedad salvaje de las nubes roncas y los árboles exóticos transpiran coronas de vapor.

Palomas tropicales despegan en busca de más pan.

El mundo parece rojo.

El mundo parece negro.

A veces hay un príncipe que es huérfano pero no lo sabe.

El príncipe piensa que lo rojo y lo negro se equivocan de objeto. Todo está apagado y llueve tan fuerte, no cree que puedan discernir. En visitas anteriores y mediante percepción diferida la ausencia del objeto se hace presencia sensible.

Pero lo oculto está oculto para el príncipe.

Es la hora del precipicio.

Es la hora de la caverna.

Es la profundidad ciega que quiere asumir el mando.

En la sima oscura una mano porta una cerilla y la frota contra sus paredes. Roza el fósforo y la chispa nace y lanza el fuego al corazón de las tinieblas, y hay un cuerpo gigante que se ilumina en una onda de un segundo.

Una ballena se enciende en llamas.

Y La Yubarta canta.

Anuncios

“Los únicos elementos importantes en cualquier sociedad son los artísticos y los criminales, porque solo ellos, al cuestionar los valores de la sociedad, pueden obligarlos a cambiar.”

SAMUEL R. DELANY

Dextro.

El brazo estirado, el pulgar oculto, un revólver.

Un ojo cerrado y el otro abierto apuntando.

Dije: “llegué a este páramo el primer día. Vine con la intención de abandonar a mi hijo. Dejé todas mis posesiones al Comisario de Invierno; océanos de productos con lucecitas en llamas, líquido de imperio y ruidos maquinales que hacen los animales justo antes de morir. El Comisario alzó su llameante y colérica cabeza, clavó en mí con furia el espacio vacío que es su rostro. Lo miré y no temblé.”

— “Lo miré y no temblé”— Repetí—“Está en deuda conmigo.”

Silencio.

La zona blanda vibró durante un segundo y me recibió, y yo la recibí a ella.

— “¿A DÓNDE?”— crujieron sus dientes.

— “A la orilla de donde provienen”— respondí.

Caminé la inconsistencia y besé el dorso de mi puño. Crucé el estadolaxo. Mi nombre es Yul Brynner: Combato y destruyo.

La zona blanda gira.

Dextro.

Mi nombre es Yul Brynner.

Amanece en Corea.

El Salón de la Fiebre Fría.

La gran puerta se abrió, lo que había al otro lado dijo ven.
Entré a conocer mi canción y mi espejo, pero tuve que dejar algo mío atrás.

Un nuevo deseo caliente me sentó en sus rodillas.
Comprendí el sonido de los tambores de la noche y el hierro.
La hierba se hizo amarilla y una onda enverdenada cerró la puerta. Lo que dentro se quedó nunca más se va a romper.

La puerta me dijo ven y algo olvidé, algo que no va a volver.
La puerta me dijo cuando y yo no me lo pensé.
Los rostros huyeron como moscas de ceniza y yo perdí un ojo y me quedé.
En el Salón de la Fiebre Fría le di media vista al rehén, antes que llegase la nieve con los pájaros de la crueldad.

… La puerta me dijo ven, y yo no me lo pensé.

La lluvia, la roca, la sangre, la electricidad…

… La puerta me dijo ven, y yo no me lo pensé.

La muerte tuvo un hijo, y ya no sé nada de él.

 

 

 

 

 

 

 

/

Violencia Verbal del Sur.

La gente se llena la boca con palabras como sacrificio y orgullo.

Elige una carta, cualquiera.

Eliges una carta, y tu no eliges, la carta ha sido elegida de antemano, lo sabes, pero disfrutas el truco, y te impresiona la resolución.

La casa gana. No te importa demasiado.

La casa siempre gana, lo sabes, te mola.

Descubrir el truco no cambia fundamentalmente nada. La magia va más allá de la ignorancia. La ignorancia sola es mortal para la magia. Todo lo contrario a la burocracia, que aunque se alimenta de una esencia similar, lo que secretan nos ataca de forma diferente. Lo que secretan es secreto salvo para los iniciados, pero si descubrieses el truco, no cambiaria fundamentalmente nada.

Queremos la resolución. ¡Viva la resolución! ¡Alta fidelidad a la resolución!

Improvisamos con nuestra carne y solo somos exitosos según su resolución.

Cuando se descubre el truco detrás de la carne, el médico aún puede hacer el amor, y besar y dañar.

Elige una carne, cualquiera. La casa gana. Te mola.

La gente se llama por teléfono. Nadie contesta.

Guerra de pintura.

Cuatro años.

El Ascensor de Huesos.

Aquí  las repercusiones son la pasión popular.

Cuando alguien las asume, se forma un charco debajo de nuestra entrepierna y de ahí nace La Caja de Lino, envuelta en telas húmedas, con el olor al que todos pertenecemos.

Aquí le rendimos culto a La Niña Blanca. Su procesión avanza con frío por un suelo de hojarasca desecha. Todo lo demás es un sueño.

Sonidos musicales galvánicos se desprenden de la reliquia, como si la plata gimiese por no poder rasgarse la piel. La plata sufre tan perfectamente. Su radiación es tan conmovedora que se te parte el alma.

El ritmo de los heraldos es espástico y frágil. Sus toses son bronce derramándose por los dedos. Las frecuencias de radio se pegan a ellos, soltando arcos voltaicos cuando entran en contacto con el calcio. Sintonizan durante breves segundos las voces de telepredadores silbando opulencia moral degenerativa. Casi puedes sentir las gotas de saliva fanática en tu rostro. Solo quieres pensar en tu madre y llorar.

Ruidos de complejos engranajes se escapan de las juntas del Ossum Nubifugo Ardeo.

El Transporte de Transportes brilla por la emisión carcinosa de su sacralidad y los fotones se tuercen como notas al azar en un piano. Alzas los ojos y una costra oscura los cubre.

  • La mano del Tezcatlipoca negro y todos se detienen porque cuando un espejo se rompe todos empiezan a girar sobre su eje. El mundo se desnuda vas a llorar ante la alhaja si las palabras son degenerativas ya han empezado a poblar la mano del Tezcatlipoca empieza a danzar para comer a danzar para morir a girar sobre el alma irradiada.

He aquí el Ascensor de Huesos.

Cuando sus puertas se abran serás ciego.

Prepárate para defenderte.

El Mal le trajo mi nombre.

El espejo de príncipes galopa relámpagos de ceniza y grita y fustiga la tierra porque él es el medio perro medio cocodrilo con algo de terremoto.

Si tuviese todo el amor del mundo, dejaría que el champagne se volviese negro en las bocas del pantano donde las palabras se hunden llamándole hijo, ¿hijo de qué? masculla.

El galeote de la potencia y el parto cruento, golpea enajenado la yegua de su pecho con un telegrama pálido que chorrea humo.

La nada furiosa pidió espuelas y el mal le trajo mi nombre.

Suelta chispas bastardas al detener su chaqueta en mi puerta y se lanza de espaldas para sonreír. Es el disparo de una escopeta recortada con traición. Hay cal en la comisura de su alma.

La vieja magia es sangre muerta y joven y nuestra, dice sacándose una cosa sin nombre del bolsillo ciego. La habitación se inflama a hierro y me marca de por vida con un sello que porta el rugido del Tardígrado.

Una moneda cae en el suelo y la vida suena como mil años de polvo ardiendo dentro de mí.

Tiemblo.

Me abro la camisa bajo la luna rítmica del lagarto.

El país de los niños se derrite.

Tiemblo.

No me ha dicho su nombre.

La herida sangra abundantemente.

Tiemblo.

No puedo parar de temblar.

No puedo parar.

Y un rumor de olas me engaña. Olas azules y espuma fría donde nace el viento. La sal se acumula en las rocas, dibujando líneas blancas. Hay sangre en el agua.

 

El hombre que disparaba a los cerdos.

Vine a través de la monótona claridad de los muertos para decirte que nada me sucedió, yo sucedí. Apunté al sol y este cayó como un montón de vidrios rotos sobre una multitud llena de matices. La luz es como en las películas. Las nubes parecen moscas cobrizas, sucias, orbitando un cénit vacío.

Hay una calle abajo, donde la gente cae como tablas y manadas de bestias les pasan por encima haciéndoles crujir las canciones de un xilófono húmedo.

Hay tantas calles.

La ciudad es un organillo, y su palanca está atada al brazo de una paja infinita. Las ventanas están salpicadas de ondas de radio que repiten mensajes obscenos sobre tus sueños. El final tiene el nombre de aquella canción… ¿Cómo iba aquella canción?  La del jardín del mango fresco y las luces…

El caldo burbujea sin sabor bajo este cielo sin día ni noche, recuerdo… Recuerdo que los grillos cantaban con piernas hechas de sombras y cánticos y pólvora. Me hicieron llorar. Me hicieron aullar de pena. Me hicieron ver como el olor de la pólvora provenía de mi mano, la sombra de mi cuerpo, los cánticos de mi boca. No habían grillos. Era yo quien disparaba a los cerdos.

Hay alguien frente a mi. No sé que me está pidiendo, pero me lo pide de rodillas. Creo que llora o burbujea y me toca, y tira de mis ropas, y yo canto de dolor y mi mano huele a pólvora y cae un tablón.

La brisa desnuda un perfume atávico.

La brisa empuja las calles.

Hay un coche esperando.

En el Valle del Zahir, un hombre con el rostro lleno de perros que me ladraban me señala oriente con una mano mientras con la otra me quita la templanza. Allí, a lo lejos, un niño desnudo y envuelto en sudor me mira con unos ojos ocultos en un yelmo coronado. Me mira con vastos milenios de cultura feroz e impositiva.

Estoy audicionando.

Me duelen los instintos.

Mi sangre sale disparada a treinta y un metros de altura, mis puños se aferran a mi pecho, mi cara se tuerce por la novedad. Pero hay una cornisa más allá del límite. Río y me teme. Teme la férrea dictadura de mi voluntad, y conspira, como un niño, y como un niño lo trato, sin rendir cuenta de sus caprichos. El yelmo coronado teme todo el amor que soy capaz de entregarle.

Me habla lenguas cartesianas, consonantes heredadas y vocales de niebla, con una fuerza medida, con palabras feroces e impositivas.

Su vocabulario exige sacrificios a cambio, pero no hay sacrificios, solo cambio. El sacrificio es el invento de que todo tiene un precio. Ha olvidado el regalo, confunde impacto con abnegación, cree que el dolor es la deuda.

Dibujo en el aire mientras algo telúrico avanza libre por mi cuerpo con cada paso que me acerca hacia él. Con mis manos trazo las llaves de la encrucijada y atravieso el umbral. Beso el rayo, me electrifico, al rojo blanco, veloz, sin restos de velocidad. El dolor es un umbral, un umbral que puedo cruzar si me quedo quieto.

Me acerco a lo desconocido por el camino del desconocimiento. ¡Verdún! ¡Te llamo! ¡Estoy esculpiendo a la bestia!

Ahora, compórtate como un adulto y muere, hay un coche esperando.

“En términos de la cultura ocultista, la vida nueva equivale a las ideas nuevas. Si queremos que nuestro nuevo ecosistema inmaterial florezca y conserve la salud, hay que introducir en él a la fuerza a estos bicharracos de colores vivos, recién salidos del cascarón y temblando, renacuajos conceptuales posiblemente venenosos. Atraigamos a esas pequeñas ideas que aletea, luminosas como el neón pero frágiles, así como las ideas más grandes y mucho más resistentes que se las comen. Si tenemos suerte, este frenesí alimentario llamará la atención de los enormes paradigmas raptores que lo pisotean todo y hacen temblar el suelo. Nociones feroces, desde las más minúsculas y bacterianas hasta las descomunalmente grandes y feas, todas enzarzadas en una lucha por la supervivencia carente de normas, gloriosa y sanguinaria, un espectacular caos darwiniano.”

ALAN MOORE

El Embajador del Sueño.

Esta noche de tormenta se ha despertado el misterioso y primordial emperador supremo. Ahora come la proteína de la crueldad de los otros, la crueldad que los hace seres humanos, homínidos que no caminan por la senda del Orlando Furioso.

La tormenta ha llegado y lloverá hasta que nada haga pie. Lloverá hasta que ninguna mano pueda señalar ningún cielo.

El Taishang Xuanyuan Huangdi hará crecer las flores bajo la tórrida corriente, midiendo milímetro a milímetro los grados de la sangre.

No habrá violencia.

No habrá dolor.

No habrá paraíso.

El funeral de la tradición ha llegado, y por mucho que les den vueltas a las tumbas, el miedo seguirá allí abajo hasta que cumpla la senda de la luz y el trueno, y entonces, al final, cuando el rugido cese, el miedo también perecerá.

Esta es la herencia del Taishang Xuanyuan Huangdi.

Esta es la promesa infinita de la senda del Furioso.

Esta es la vía del Orlando.

Esta no es aún la última palabra; es el primer golpe.

Una gran nube oscura se aproxima desde el firmamento.

Algo comienza a nublar el sol.

Los procedimientos del Kaiser.

Nuestra historia es una historia escenificada como tiempo, un tiempo viejo que es talado, cortado a hachazos y arrojado al fuego. Un momento que arde. Bailamos alrededor de ese fuego, salvajes, llegando a nuestra máxima barbarie en la civilización. Aullidos se afinan y dividen en mezzosopranos y pantalones, y conservatorios diseñados por Frank Gehry, y el sonido viaja en el vacío hasta romper una piedra. Esto es Salvaje, esto es Cívico: el fuego levanta pantallas de humo que ocultan definiciones, Caótico y Neurótico. Un hueso seco, medio hundido en la arena del desierto se rompe en cuarenta y cinco grados (45º) exactos que nadie puede medir, y así nace el primer reloj de sol que nadie puede leer. La temperatura del lugar: 113º F.   “Eso es poético“, dictaminaría un cívico.   Los procesos continúan, la naturaleza abraza las alteraciones como un nuevo hijo. El ecosistema se transforma. Es un proceso dificilísimo de observar, muchos científicos se detienen antes. Y echamos los científicos al fuego. Putos vagos. Nos ibais a entregar el paraíso, ¿¡Dónde está el paraíso de los científicos!?   “El paraíso sólo puede ser tomado por asalto” exhortaría un salvaje (tal vez de forma demasiado racional y poética, según un cívico).

  • ¡Eh, tú, Humanidad!
  • ¿Si?
  • Eres un chiste.
  • Si, pero uno muy viejo.

Entra el Kaiser: todos en pié.

El peso de una mano relajada sujetando una navaja.

Mi amor, se oyen botas de animales ciegos.

 

Raspo los huesos, soy de los buenos. Rompo las promesas que hacen los viejos.

Traigo los truenos, feroz empresa, estaban tan lejos de la selva nueva.

Una desconocida me habla de casas de hierro, en tierra cruda, tierra a la que padre ha vuelto.

Tierra cocida, con nuevos muertos, selva que apesta a mierda y a hielo.

Esta no es la casa. Esta no es la mesa. Este pan nunca ha sangrado bajo mi techo.

No hay camisas para este pecho, la brasa que lo consume nunca suelta su presa.

No hay nada que aprender. Tu que vas cegado y arrasas, cegado y arrasas, ¿qué tienes que perder?

 

No hay nada que aprender aquí.

No hay destierro.

“Yo soy las repercusiones”;

Dolor sin misterio.

Hay algo en su mano.

Parecen canciones.

Las había olvidado.

Trago saliva.

Se afila.

Me apaga.

Veneno.

 

La luna y madre solloza en un espejo, en un paso todo se ha desmayado y hiere verlo.

La noche está a oscuras como la vida misma, mi brazo tostado y añejo ve un niño y quiere protegerlo.

Son huesos de máquina tirados en un prado los que me susurran si no es mejor perderlo, mejor perderlo.

Guiños me lanzan los profundos por la esquina, con besos los dejo, como negros cangrejos sobre la orilla de espuma.

Si este futuro me juras por herencia, fundo una nueva tierra, esta nueva selva, escondida en la espesa bruma.

Mejor mi mentira más salvaje, que las puertas que se trizan en esta civilización viuda, violada y desnuda.

Mentira por mentira enganchadas con alambre honesto, que forjé yo mismo, con mi mismo esfuerzo, con mi misma duda.

Miedo.

Los Hechos Violentos.

Amo la terrible intimidad de la violencia.

La amo, temo y odio cara-a-cara. La adoro de una forma insoportable, sin dudar en ningún momento.

Mi violencia se inflama, se desespera, y se blande blanca y certera como un grito de guerra que se afila avanzando desde el fondo de un ejército. Es intolerable su perfección y armonía. Mi tropa se orina al unísono. Ni la sombra de un gesto se talla en sus caras: Veneran El Puñal y El Puño.

Venero El Puñal y El Puño.

Respeto los afilados y sólidos términos de la poderosa muerte.

Esta violencia es, después de todo, algo especial. La violencia está preocupada de volver a casa. La violencia tiene miedo de convertirse en infinita por siempre y nunca más volver. La violencia duda porque se viste con las telas de mis nervios y tendones: el género humano es el más barato.

Tengo un sueño estremecedor susurrando en mi y no sé cómo subir el volumen.

Tengo los puños cerrados y los ojos abiertos, no me dejéis así.

Tengo un nombre de pila. Las últimas palabras han de ser un sencillo nombre de pila.

Es honesto: es la ley.

¿Por que tiemblas?

¡Para de temblar!

¿Por qué tiemblas?

¿Por qué tiemblas?

Mamá, he tenido un sueño.

¿De que trataba?

Una marsopa antroponirófaga me decía que se comería mi mente y haría gárgaras con ella.

Tranquilo cariño, solo ha sido una pesadilla.

No mamá. Ha sido un sueño.

“Cae la cabeza del rey, y la tiranía se vuelve libertad. El cambio parece abismal. Luego, pedazo a pedazo, la cara de la libertad se endurece, y poco a poco se vuelve la misma vieja cara de la tiranía. Después, otro ciclo, y luego otro más. Pero bajo el juego de todos estos opuestos hay algo fundamental y permanente: la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y al mismo tiempo ser libre.”

HENRY-LOUIS MENCKEN

La Espalda del Mundo.

BAM

No dejaba de golpear el muro.

BAM

La sangre se abrazaba a sus dedos.

BAM

Ya no sentía nada.

BAM

Lo sentía todo.

BAM

No había porque detenerse.

BAM

Si se detenía todo acababa.

BAM

La carne de sus brazos ardía.

BAM

Sus hombros se desencajaban.

BAM

Sus ojos lanzaban anclas de lagrimas.

BAM

No detenían el dolor.

BAM

Su fortuna estaba escrita en las lineas de sus manos.

BAM

Pero sus manos estaban rotas y vacías.

BAM

Y él las llenaba de sonido y color.

BAM

Ese ritmo era su vida.

BAM

Si se detenía todo acababa.

BAM

Sus rodillas alzaban banderas blancas.

BAM

Su corazón no daba tregua.

BAM

Ningún corazón da tregua.

BAM

Su dientes crujían.

BAM

El muro mudaba de piel.

BAM

A capas mas duras.

BAM

Solo es otro muro.

BAM

Detrás de un muro siempre hay otro muro.

BAM

Un mundo de muros.

BAM

Un infinito de muros.

BAM

Mas grandes.

BAM

Mas sólidos.

BAM

Mas oscuros.

BAM

Sólo son muros.

BAM

Su mente era un muro.

BAM

Si se detenía todo acababa.

BAM

Sus pulmones se colapsaban con furia.

BAM

Su boca silbaba hilos rojos y violáceos.

BAM

Su vida ungía el muro.

BAM

Sus puños dibujaban un salida.

BAM

Sus ojos se encendían.

BAM

Su cara vestía el sudor.

BAM

Su garganta rugía.

BAM

Agrietando la espalda del mundo.

BAM

Si se detenía todo acababa.

BAM

El sueño era su yunque.

BAM

El recuerdo era el martillo.

BAM

Su alma era el ladrillo.

BAM-BAM-BAM

 

Su cabeza golpeaba el suelo.

Los Perros de Marte.

Me encantan las ciudades heridas. Llenas de pastos de neón, con sus calles tontamente carnales y esas coquetas esquinas de hormigón, orín y je ne sais quoi.

Líbranos de todo mal.

Se vomitan chispas de Jueves a Domingo, porque hace calor, o mucho frío, o todo es demasiado occidental, o te sientan mal las tapas, las mismas tapas, las mismas tapas, las mismas putas tapas.

Tengo testigos.

Tengo testigos y seré juicio si me buscas: Caos de la talla 46, la muerte, la niña blanca, Salazar, ese rollo.

Sin amenazas.

A mí sin amenazas.

//

Me pongo mi mejor pinta de marino en tierra, me cubro de ropa especialmente silenciosa, salgo a la terraza y veo el perfil de la ciudad, y me dan ganas de jugar con su majestad oscuridad: Salazar.

Si me vieras ahora. Cadena en mano cuyo otro extremo se pierde en el cielo sujetando un planeta colérico.

Marte me ladra.

Marte me ladra ebrio.

El humo rodea a mi planeta de moscas satelitales.

Humo espeso como adoquines.

Visibilidad cero. Navegación cero. Frío, mucho frío….

… Salazar….

 

Reglas para aquellos que deben ocultarse.

Soy munición.

Cuando eres munición eres indispensable, nada sobra.

Todos te necesitan, munición, y todos te aman.

Nº1. Cuidado.

Memo: Quemarlos. Quemarlos y erradicarlos. Esconderlos. Abrazar las máquinas hipermecánicas.

Nº2. Nadie debe saber esto.

Las formas y engranajes se dibujarán como un bronceado medular, cogido a la lumbre de la llamarada balística.

Dejaré de crear a la semejanza de los siglos.

Seré mis antiguos dioses del futuro.

Nº3. La Manada no es Vanguardia.

La Vanguardia es expresionista, no conceptual, no aún, cuando todavía no se han absorbido los conceptos de las vanguardias de los siglos.

El siglo XX está muerto.

Supéralo.

Nº4. Supéralo.

La Manada ha nacido muerta, no lo sabe, tiene miedo, es un aborto darwiniano que tiene hambre de existir.

La Manada siempre querrá matar a cualquiera que pueda actuar de forma independiente, que persiga lo que quiere, que sea su propio líder.

Pero siempre fallarán, nadie puede matar sus propios sueños.

Reglas para aquellos que deben ocultarse:

Nº1.  No creas lo que leas.

Ébola de Sábado Noche.

Pasos de baile me secuestran los pies cada vez que pienso en el Ébola, le imagino llegando, como un río, febril al principio para luego dormir con el frío, le imagino llegando, segando la vida como una hoz de acero, me muerdo los labios, si es que es soñarlo y me mojo entero.

Vestido de jaguar Chavín, aullando en compás de 4/4, pasos de baile golpean canciones de hambre en mis talones y reparto fuego en los salones del poder, me expreso; arranco cabelleras, corazones, cabezas y escribo con ojos y alfileres las palabras <<AUTÉNTICO PROGRESO>> en sus muros.

Amanezco duro. Un horizonte temprano me atrapa entre pasos de baile, bañándome en su consistencia, haciendo un port de bras entre costillas, me miro las manos, desechas, moqueando rojo, pido más: No estoy sudando, estoy sangrando decencia.

Muevo las caderas hacia adelante y atrás, suavemente, me siento el gran sensual Khan, tengo una pala y un saco de cal, tengo un futuro, en los ojos <<Vi una casa, llena de humanidad, cubierta de sal, os lo aseguro…>>

//

Bailo y el suelo bajo mis pies comienza a hacerse desierto. Las partículas de agua se evaporan; mi ritmo es un microondas, el clima cambia frenéticamente y un tifón transporta entes inexorables desde una tierra-muy-lejos.

Cómo quisiera que fuese cierto.

¡Cómo quisiera bailar el delta del Ébola esta noche con todos vosotros!

“Hijo, nunca confíes en un hombre que no bebe porque es probablemente una especie de hombre recto, un hombre que cree que sabe sobre el bien y el mal todo el tiempo. Algunos de ellos son hombres de bien, pero, en nombre de la bondad, causan la mayor parte del sufrimiento en el mundo. Ellos son los jueces, los entrometidos. E hijo, nunca confíes en un hombre que bebe pero se niega a emborracharse. Generalmente temen a algo profundo dentro de sí mismos, ya sea que son unos cobardes o tontos o abyectos y violentos. No se puede confiar en un hombre que tiene miedo de sí mismo. Pero a veces, hijo, puedes confiar en un hombre que de vez en cuando se arrodilla ante un inodoro. Lo más probable es que él esté aprendiendo algo acerca de la humildad y su estupidez humana natural, acerca de cómo sobrevivir a sí mismo. Es jodidamente difícil que un hombre se tome demasiado en serio cuando está lanzando sus entrañas en un inodoro sucio.”

JAMES CRUMLEY

Zoocosis.

Odiar se vuelve algo tan natural como estar en un lugar, y todo el mundo tiene que estar en uno.

Un lugar pequeño, infinito y desesperado como un diminuto cubo de espejos.

Un lugar en el que hay que estar presto, como un esquizofrénico, preparado para enfrentarse con el diablo en cada esquina.

Un lugar que jamás ha estado enfermo porque es enfermedad y un reducto para trabajar la cura a unos cuantos duros la hora.

Una ciudad. Una auténtica ciudad de alto octanaje, donde lecciones fueron aprendidas, corazones se nublaron y gargantas ardían.

Miles de huellas de barro y sonrisas encendidas la recorren, contándose entre ellos la ciudad que cada uno ha visto cuando nunca han tocado su cara, de la misma forma que el ajusticiado nunca escucha el hacha, pero tampoco se preocupa de afilarla. Relatos como mitos ansiosos por ser útiles en el nuevo mundo y colmenas hechas de historia con la geometría perfecta del sacrificio humano; sangre, tiempo, esfuerzo, sueños, todo al compactador de basura, siguiente bloque.

/Chank/ Siguiente bloque.

/Chank/ Siguiente bloque.

Y color, y fiesta, y democracia, y justicia y un rey vestido de gitana encima de cada televisor.

Y el peligro, todos somos un peligro para todos, no lo olvides, no lo olvides nunca, tu vida dependerá de ello, aún más importante que tu vida, tu futuro. Tu futuro, joder.

Hay truco, siempre lo hay. Somos hijos de las ciudades, cada día mucho más que aquellos que la pisaron antes que nosotros. Somos sus hijos pródigos invertidos, porque los últimos serán los primeros, darwinianamente mejor adaptados, pero con los cuerpos aún más llenos de avisperos, buscando nuevos dioses para las nuevas necesidades.

Razonan con la voz de gente que nunca vio un coche. Con la voz que nunca se llenó la boca de brea, ni de píxeles, ni de industria.

Habitando pinturas rupestres llenas de edificios y orden urbanístico, con al cantidad justa de vandalismo carismático y aceptable.

Y su horrible tolerancia, creando santos mártires sin comprensión, solo aceptación.

Y justo ahí, en el corazón del habitante de las ciudades, el pulso de algo faltante que se encuentra a tiro de piedra, pero ¿quién se fija en las piedras? Y aún así, una a una, hacen una montaña invisible. Con los ojos adecuados, serías un mago, vivirías a ratos en un sueño aborigen remasterizado, conquistando las cimas que solo se encuentran en una perspectiva periférica, del mismo modo que los árboles de otro mundo al ser cortados explican su tiempo en un espiral, en lugar de anillos, en el centro de su tronco.

Conscientemente es inaceptable, pero solo llegaremos a lo desconocido por el camino del desconocimiento.

Abre los ojos en la oscuridad, se un niño, ese maestro olvidado, conviértelo en hombre, y no en un crío jugando a ser adulto.

Supera esta enfermedad y su quimioterapia de civilización. Supera lo sacro y lo profano, supera la ética y la etiqueta, respira el aire atávico de la nuevas cavernas de hormigón y ventanas. Baila alrededor del fuego de un salvapantallas. La vida sólo puede ser empírica. Para vivir la experiencia, solo hace falta alguien que la experimente. Manifiéstate como la invocación de tus propios deseos, y nunca olvides…

Cuando gritas en sueños, es la ciudad lo que ves.

Abrázala.

Abrázala.

Abrázala.

Abrázala.

Abrázala.

Abrázala.

Abrázala.

Abrázala.

El Todopolitóxico.

El extranjero es un exótico lugar ajeno que se quema.

 

“Besamos las líneas del mapa y lo llamamos tierra,

Que la sangre hará barro bajo nuestras botas.

Las hundimos sobre  nuestros niños.

Y marchamos.

Y luego marchamos un poco más.”

 

La vida es sagrada.

Como no lo es, me dedico a otras cosas imposibles.

Fabrico antifaces paxanimales, los huelo, chorrean combustible, parece ser del bueno.

Gritan por la calle:

“¡Quiero ser nuevo! ¡Quiero ser un trueno! ¡No quiero pedir permiso, lo que quiero es keroseno!”

Hablo con la boca llena de cemento, el telediario dice que la mejora es un proceso lento, y pienso que eso es lo que el diablo canta antes de dormir, “solo la luz se mueve, la oscuridad nunca tuvo que huir”.

Vuelvo a casa, cierro la puerta, echo el pestillo y me digo “Soy solo un instrumento”, mientras afilo el diccionario de cuchillos. He de tener cuidado, no hay hombre al cual el hierro no haya vuelto ruin, Carpo siempre decía “Para el fuego toda la chimenea es hollín”.

Una bolsita transparente sale de una manga, derrama un poco de fósforo blanco en la tierra, saca una tablilla con diez mandamientos y empieza a picar. A picar dolor, y a picar ceniza, y a picar terror, y a picar muerte, y a picar y picar hasta armarse una buena franja.

Acerca su faz castigadora, lo jala todo y se alza divino y misericordioso.

Me mira desquiciado y entonces…

 

“… Y entonces Dios me amenazó con una tierra prometida.”

Imagen

(…) La vela apenas duraría unos minutos más.

Su mente empezó a recitar las mismas oscuras frases que lo mantenían despierto en el torreón. Todas esas voces mezcladas y pútridas que se deslizaban entre las piedras de los muros hasta su cama.— “Doy altas gracias a la noche que se lleva a los viejos antes de que cante el gallo. Espero ahogarme en la misma oscuridad del exacto momento en que olvide como respirar el oxígeno irradiado del futuro.”— Aquellos pasillos no eran la cuna del hombre, y no harían excepción con ninguno.

Al girar el último recodo, ilumina una figura, a escasos diez pasos, con la imitación perfecta de lo que sería un ser humano, pero hay algo, algo artificial. Uno de esos diseños olvidados de la humanidad, una copia macabra, que carece de algo. Se dibuja a pasos, como un maniquí cuya piel le quedase grande, rodeado de la penumbra. Sujeto desesperadamente por tendones rígidos, pero temblando controladamente como un puño de odio, avanza el amasijo de algo que imita a la vida.

Gaspar abre su boca y esta vez susurra — “Doy altas gracias a la noche que se lleva a los viejos antes de que cante el gallo. Espero ahogarme en la misma oscuridad del exacto momento en que olvide como respirar el oxígeno irradiado del futuro.” — La vela se apaga en un siseo. Ninguna excepción. (…)

Los Hijos del Pozo

Los hijos del pozo arden dentro de sus almas de alquitrán, moviéndose a la velocidad del tren de los desesperos.

Son los escorpiones adictos a la muerte. Son los ojos de vaca conque los últimos dioses agonizantes observan el mundo.

Respiran el terror que se escucha bajo las camas de los niños. Beben fosas comunes en las rocas. Mean keroseno embotellado.

Se visten del color de los camiones sin frenos.

Son los hijos del pozo y aúllan veneno.

Comen ladrillo y adoquines con guarnición de olvido.

Cada vez que sonríen escuchas suicidios solitarios escapándose entre sus dientes.

Son los hijos del pozo y vienen a por ti.

Maquinaria pesada y huesos astillados hacen un corazón poco humano.

Ellos no inventaron el dolor, pero vienen a subir el volumen.

Son los hijos del pozo, hijos de puta.

Y es la hora del diablo.

S. XX½

 Amo el olor de la esfera por las mañanas.

Un gran estofado de quemaduras.

Demasiado cerca del mismo fuego,

Salado, salado…

Transporta un amor insano.

Transporta un odio con buenas intenciones.

Alimenta gente del siglo XX viviendo en el siglo XXI.

No es arte, es una expresión menor.

No es una amenaza, es una expresión menor.

Siglo XX½: Digestión lenta de ideas.

 

La verdad sabe a violencia.

La mentira sabe a violencia.

 

El cordón umbilical se ha enrollado alrededor del cuello. Hacemos barquitos de papel en la tormenta de líquido amniótico. Pateamos a mamá.

 

Compramos forceps.

 

El útero de Schrödinger con sus utopías, distopías y entropías.

 

Y…

 

… Mierda, sigue sabiendo a violencia.

Cañón de mano.

Amanecen.

 

 

Los odio tanto por la mañana. Parece que llevara despierto desde siempre, incluso parece que los oyera dormir, y cuando duermen son como niños, parecen casi agradables.

Pero amanecen.

Y despiertan eso.

Junto mis cosas de prisa para evitar la gran ola: Zapatos, sobretodo zapatos.

Todo está sucediendo ahora y tengo tanto miedo. Necesito mis zapatos.

Me pongo diecisiete pares y me planto en la calle con cara de malo.

Si eres el malo llevas El Arma. Si llevas El Arma nadie te hará nada.

Algunas personas respetan al hombre

Todas respetan El Arma.

 

Los miro. Los miro y me acuesto en sus caras, son blandas y provocan que me estire como un gato soltando quejidos. Me da pereza pensar que son otros seres vivos.

Miro hacia el cielo, hay un sol de espanto. Mis buitres se sienten mágicos y me ofrecen panorámicas que me hacen sonreír.

Aman mi Arma.

 

En el fondo los quiero Los quiero en el suelo.

Quiero mi chapita blanca. Quiero que diga “Terrorista”.

Mamá, quiero ser terrorista.

No abras ese armario.

Personaje no Jugador.

Coches a contracorriente: abrid paso a un salmón herético.

¡Quiero desovar! ¡Quiero desovar! ¡Quiero desovar sin cruces de amonio!

Codos arriba, barbilla en alto, la picha colgando.

¡Malditas máquinas de felicidad! ¡Malditos depredadores altamente funcionales!

Este folklore sabe a mentiras y pollo, está seco y soso, como toda esta cultura homogeneizada.

Me detengo. Otro inútil de pie en medio del camino, mirando el polen, portando su semilla en los calzoncillos, listo para infectar otro útero con más inútiles de pie en medio del camino.

“¡Allí van mis chicos!” -emoticono-

“No es una marca, es un estilo de vida, ¡Exprésalo!” -emoticono-

Y así partirán las cosechadoras de imbéciles, sin imaginación, sin duda, sin miedo, y todo sabrá igual, y yo, entretanto, les gritaré vítores desde las tribunas.

Guapos, son todos guapísimos.

“Perdona, ¿tienes un momento?” -emoticono-

Por favor, solo quiero llegar a casa,  solo eres guapa-y-ruido.

“Espera” —le digo— “Mira, un adorno” —y la señalo— “No lo pillo” —me dice— “No hace falta” —y me largo.

Largo.

¡LARGO!

“¿Qué?”

¡QUE TE QUITES DE EN MEDIO, JODER!.

Un Haikú muy largo.

Hay que aprender a morir de muchas formas.

No saber morir de otra manera es de cretinos letrados, cretinos que algún día veré llegar, para arrebatarme lo especial que pudo ser, lo fantástico de mis supernovas efervescentes que diseñe desde el amor.

Los veo por la calle, chirriando como amantes de hierro, creyéndose dueños de algo, destrozándome los oídos.

Y me siento bueno por darles el perdón.

Miro con ojos de estrellas rojas y viejas, el tiempo no importa, pero a esta gente el tiempo no le basta, a la gente hay que darle tiempo para morir.

Sin explicaciones. Sincero como un hacha.

Que quede el silencio, clausurando cada una de las gargantas eufóricas con sus propias manos cruzadas sobre sus caras.

Idos, mancos del esfuerzo, tendidos bajo picaportes que se tornaron imposibles, me arrodillaré junto a ellos para estudiar sus rostros y olvidar cada detalle, pondré mis manos alrededor de sus almas y ahogaré su ultimo brillo como un fuego fatuo.

No tendremos que esperar nada de nadie, excepto sus cuerpos, manando de las alcantarillas.

Allí van…

Mueren como cualquiera.

unnamed

(…) -Es esta arena.- protestaba mientras cogía puñados de ella- Esta arena inútil que no atina a afianzarse a nada, el viento la salpica por todos lados en tardes como esta.

– Es la tormenta. Se acerca a la costa.

– Bien podría ser una playa de polvo e irse volando cuando el temporal llegue.

– ¿Has pensado en que le dirás a Lola?

– Si. Que nunca la llevaré al mar. (…)

Paracosmos

Soy un encapuchado en tierra de herejes.

Corro a una velocidad lacrimógena.

Toco marchas con el tamborileo de mis dedos; suenan como quimeras en celo.

Sueño con un río de puños de un espanto glorioso en el cual el país se ahoga para siempre.

Soy feliz.

Soy feliz alquilando el paraíso.

No importo, transporto.

Transporto caminos de cadáveres.

Todos los caminos conducen a los dioses.

Dioses que duermen bien, duermen bien y sueñan con armas.

Las armas brotan en la noche cual esquejes, afilados como un rayo de luna.

Las bayonetas de mis ojos los puntan como telediarios, y los veo devorando el horizonte, abarcándolo todo, en un incendio infinito.

Solo hay ceniza parlante ante mi figura.

Hay todo lo que yo quiera bajo mi pluma.

Fuera, las criaturas. Esas criaturas que no cantan, no bailan, se sacuden la vida, escupen el eco de un pensamiento antiguo, quieren ensuciarme. No me toquéis.

No me toquéis.

Gritaré.

Gritaré: “¡Soy el dios terrible que consume a los gigantes del pánico!”

Soy una vibración despiadada que triza y agrieta las paredes del cielo.

Caminando a través de mil valles desconocidos, no soy hombre, soy carne que digieren vuestros sentidos.

Soy el Tifón.

Siniestros pasos me acechan.

Sagradas rocas piso.

Gritaré, será el perfecto fin, heraldo del fin.

Al final caerán muertos.

Los atacaré rabiosamente, bajo los cipreses, les morderé con furia a la sombra de los edificios, se volverán locos de oírme, despertaran a este mundo tan locos que también querrán matarme.

Así naceremos, titánicos.

Gritaré y verán los mismos horizontes que yo.

Horizontes de gloria.

Iracundos horizontes de gloria.

Autofagocitosis.

No somos nuevos, somos tan viejos como el hambre.

Somos un hambre vetusta y virulenta que se contagia en el tiempo.

Somos la respuesta a una enfermedad que llamamos “nosotros”.

Somos herederos de los Tunicados, que en la oscuridad del océano, se desplazaron con la fuerza de su protocerebro para asentarse en un palmo de arena abisal y devorar su propia mente.

Soy el Wendigo de mi propia alma.

Soy el portador de la sangre de mis dinosaurios.

Soy petroleo.

Material Ignífugo.

Chupando la sangre de nuestros antepasados.

Transformo la materia bruta en llama ardiente, y la vida se me enfrenta con extintores.

Juego a Prometeo y no paso de ser un ladrón común.

Juzgo el progreso, pero soy su mayor éxito.

Sobre los hombros de estos gigantes, sigo siendo esa nube viscosa llamada humanidad.

Esa bocanada negra y espesa que devoro cada segundo de mi existencia y llamo identidad.

Una identidad caníbal.

Gota a gota, la psicosis de mis ancestros será mi psicosis.

Pasarán los siglos y…

Tengo tanta hambre.

Las virtudes del fuego.

Parafraseo a Jesús Samper si digo que me encanta este mundo por ser inflamable.

Me pongo ropa que aguante el paso de la ignición, sigo mi camino, pero mi camino no queda indiferente. Si crees que hablo de huellas y pisadas, bien podrías seguir masticando tu opio por las mañanas.

Me evado al igual que todos. Escapo del dolor —color— en las dosis que necesito.

Mi opio es el pueblo.

Mi zapping barato a través de la red, mis crucigramas, mis fantasías de inmortalidad en formato de calistenia de presidiario, mi vocación de eremita, mi LSD, mi MMDA, mi THC, mi MP3, mi  AVI, mi CBR, mi PDF, mi BDSM, mi consumo histérico de información. Mi adicción a la sintetización ingerible de la vida es mi pueblo, y mi pueblo es mi opio. Mi dolor —el dolor— no es parte de mi vida, y creo, en cambio, que mi muerte, la muerte última, si es parte de mi existencia.

Para salud mía, mi mente es inflamable.

Las miles de millones de fulgurantes virtudes del fuego incineran mi antiguo estilo de vida, poco a poco, como un sádico incendio forestal.

No hay ningún sadismo; mi estilo de vida está desahuciado.

Mi estilo es una mierda.

Mi mierda es vida.

Pues llamas a mi. Todas.

Tintado de negro, luego, leo sendas oscuras sin mapa para, libremente, buscar electricidad. Ahorco mis antiguos paradigmas, desde el terror de sus reflejos, porque hasta las sombras tienen sombra.

Meo combustible con aroma a fenix para marcar el territorio.

Y así, eventualmente, serán estos momentos cruciales los que creen vidas cruciales.

Arbeit macht frei.

Me duele el mundo. Me duele el mundo con sus mierdas ocultas, sus mierdas vistas y sus señores de la mierda. Las moscas se estrellan contra mis ojos como brillos pestilentes y se meten por mi garganta para vibrar rabiosas en mis tripas. La injusticia me mira con los ojos llenos de hambre: cada vez más de carne humana y menos de justicia, no hay justicia en estas leyes. Ninguna ley ha hecho a los hombres mas justos. En cambio me han robado el fuego de los ojos y solo han dejado el humo como testigo. Observo el mundo con dos tiznadas e inmundas colillas de cigarrillos aplastadas en el cenicero de mi cara.

Soy yo, me devoro, idiotizado por la ideología. Sin cuestionar, más allá del cinismo, criticando cada acción, proponiendo nada, con palabras que no dicen nada, envejeciendo hasta abrir el cajón del pan duro, desmigando frases que siempre han sido así, cuando nunca las validé, nunca coincidí con ellos, me pudro y me vuelvo ellos, me declaro tácitamente inútil y pequeño, tan pequeño como un coloso sentado en el borde del mundo, contemplando con horror su lugar en el caos.

Y aún así, en lugar de lágrimas, fuego.

Los niños me pisotean las pisadas, y me juzgan nulo y cobarde con ojos que dentro de unos años dirán “¿Por qué no hacías nada?”, con el mismo tono moralista con que uno se cuestionaba el género humano del que estaban hechos los ciudadanos alemanes de los 40’s.

En España corre el mismo sádico rumor que en aquellos campos de concentración: “El trabajo os hará libres”.

Pero tranquilo esto no es la guerra, es mi vida. Aquí no me juego el cuello, solo me juego el alma.

Nos pateamos como perros por lo que ya nos ganamos en la arena.

Como perro viviré.

Y cuando me arranquen los dientes y no tenga con que morder la mano que me da de comer, de palos y de comer, de palos y de comer, de palos y de comer… Abrazaré mi más infame gargajo. Deslizándolo por mi garganta como ostia de comunión y recordando a que sabía la dinamita en las venas.

Abandonaré la culpa en la oscuridad.

Seguirá doliendo… Y si lo dejo, me matará.

Me matará con mi propio fuego.

La víspera.

Estamos… Hambrientos.

Estamos sedientos.

Estamos cansados, sudorosos, y con una cólera profética recorriendo nuestras venas.
Nuestra cólera con olor a pan quemado y llanto silencioso.
Nuestro silencio con sabor a vino agrio y mancha de injusticia.

Estamos armados, con las manos vacías, los pies descalzos y la cabeza llena de fuego derramándose por los ojos. Olvidemos su violencia que se transformó en cultura; en nuestra cultura y nuestra violencia.

Hagámosle el amor a nuestras fobias.
Hagamos de nuestra piel un arma sublime de contacto hiperpersonal.
Creemos nuevos dioses a nuestra semejanza y recordemos siempre porqué los quisimos así.

Dejad al abandono más total a los dictadores de la derrota, que imitan mis leyes, pero que no son las suyas.

Esperad la víspera de la avalancha.

Estamos juntando miedo, para devolveros un poco de vuestro terror.